Verlo recostado a mi lado, con su cuerpo entrelazado en el
mío. Sus ojos completamente cerrados, soñando un mundo, un universo, paz. El ritmo de su respiración, señal de su
existencia y de su realidad.
Sus labios entreabiertos, diciendo palabras que no sonaban,
pero que los latidos de su corazón decían. Lo entendí todo cuando la presión de
su cuerpo con el mío me hizo sentir en casa, feliz.
Me imaginé entonces toda aquella sangre corriendo por sus
venas, todo su cuerpo funcionando correctamente, sus pupilas detrás de
sus párpados, su voz que resonaba en mi cabeza. Cada movimiento que estaba
quieto, el aire que entraba y salía navegando por sus pulmones. El mismo aire
que yo respiraba al tenerlo a dos centímetros de mí. Toda aquella oscuridad que
nos acobijaba, las palabras que no decíamos, las miradas que no compartíamos,
los besos que nos nos dábamos, porque él dormía profundamente. Sólo podía sentir su corazón lleno de sentimientos, de emociones,
de pasado, de presente y de futuro. Heridas que me propuse a sanar, sueños que
me propuse a cumplirle. Toda su fuerza, su grandeza, su espíritu reposaba en
absoluto silencio y yo sólo me concentraba en cada detalle, en cada suspiro. Fui testigo de su ternura. Todo momento sintiéndolo
cerca fue perfecto, como si quisiera presionarlo demasiado contra mí para poder
entrar en el sin salir jamás de ahí. Para quedarme por siempre en su corazón.
Tanto silencio, tanto amor me hizo saber que dormir junto a la persona que en
realidad se quiere más que a nadie y a quien más se anhela, es una de las
mejores experiencias que se viven y si tuviera la oportunidad lo haría cada día
de mi vida, porque en el momento en el que sus ojos se abren por primera vez en
el día, es como si recibiera el más grande de los regalos. Es como si se abrieran
las puertas para descubrirlo un día más, quererlo un día más, tener esas conversaciones que tanto nos llenan y hacerlo sonreír
por el resto de las horas, hasta que se vuelva a repetir tan hermosa maravilla.

0 Estornudos:
Publicar un comentario