Compramos palomitas de maíz sin saber que eran cabritas para ver esa pésima película que tanto querías ver. Yo logré mirarte en la oscuridad y cuando el protagonista hizo explotar el helicóptero pude ver tu boca gruesa y roja que tanto me gusta.
Me quedé dormida cuando cerré los ojos para besarte, y desperté entre las butacas, la escalera y el proyector en la función de medianoche.
Tenía miedo y no entendía mucho. Ya no estabas. Así que te decidí esperar en el mismo asiento, en la misma fila y en la misma sala. Los niños me convidan dulces y bebida, tengo una colección de sorpresas de la cajita feliz y aprendí que debo apagar el celular. A veces voy al baño y a veces me aguanto, pero siempre tengo la esperanza de que volverás. Y cada día a la misma hora veo la misma escena de acción y cuando Bruce Lillo logra escapar de los científicos ruso-nazi-extraterrestres recuerdo tus ojos chiquitos, tu pelo extraño y tu sonrisa feliz.
Desearía que estuvieras aquí, para comerme tus palomitas de mantequilla y hacerte zancadillas en los pasillos alfombrados.

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